viernes, 24 de julio de 2015
EL ESPEJO ANTIGUO
La casa que había adquirido era vieja. Cierto que necesitaba muchas reformas pero, se había dicho Daniel, con una inversión moderada tendría una vivienda en una de las zonas mejores y más valoradas de la ciudad.
Hubo que reparar los tejados, tirar algunos tabiques, reformar suelos y techos, encalar y pintar cada una de las habitaciones.
A pesar de todos los cambios planeados, solo un espejo encastrado de cuerpo entero, situado en el cuarto de aseo del ático, incomodaba a Daniel. Era antiguo, y aunque su cristal estaba desgastado y casi deformado por el tiempo, no le terminaba de desagradar. Sin embargo… pensaba que “algo” en él no cuadraba con el resto de la casa, y menos ahora que la había reformado y dado un aire más moderno.
Un día, tras haberlo meditado durante un buen tiempo, se decidió a acabar con sus dudas. Armado de un martillo, golpeó aquel espejo. Lo hizo casi con rabia, molesto con su propia actitud, que le impelía a cambiarlo todo y no respetar nada. Esperaba encontrarse con la pared lisa y fría de un aseo… pero tras al espejo descubrió un hueco oscuro y sobrecogedor. Un hueco que daba a otra sala, de la que no podía vislumbrar qué contenía.
Tomó una linterna y, sin pensárselo dos veces, penetró en aquel cubículo secreto. Avanzó unos pasos, y entonces la linterna se fundió, como si hubiese sufrido un cortocircuito. Asustado, quiso retroceder, pero entonces sintió algo sobre su hombro y una voz que murmuraba a su alrededor “otra alma”.
Nunca más se supo de él. La policía indagó por toda la casa, incluido aquel cuarto de aseo que tenía en una de sus paredes un antiguo y desgastado espejo, que devolvió a los agentes las imágenes deformadas de sus caras o, quizá –aunque ninguno se percatara de ello- el rostro desesperado de Daniel solicitando ayuda.
Francisco Segovia -Granada-
Publicado en periodicoirreverentes
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