La espalda fue silencio.
Tu patria, el rincón tallado de frases latido.
Se tornó negra la vida,
como equipaje vacío.
La espalda fue quejido,
por querer absorber,
los ecos de la maledicencia
y ser paz en la penumbra.
La espalda fue furia,
fue espejo del absurdo y la ceguera.
El sinsentido asfixió a la garza,
con sus espinas de vinagre.
La espalda olvidó su nombre,
entre aullidos de impotencia.
Todos los ciclos necios afloran, principian
se desvanecen y dejan limpio el presente.
GUILLERMO JIMÉNEZ FERNÁNDEZ -Mérida-
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