sábado, 21 de septiembre de 2013

SÓLO ANDREA

Una sola persona supo qué había sido de Horacio Meller cuando llegó el viernes 14 de mayo sin haberse presentado a trabajar en toda la semana. No tenía ninguna prueba ni la precisaba, hacía mucho tiempo que compartía con él la misma oficina del municipio, ocho horas diarias, cinco días semanales. La amistad entre ambos había surgido irremediablemente. Andrea y Horacio eran parecidos: callados y complejos. Al principio, sólo se relacionaron durante el horario laboral, luego, con el paso del tiempo y la caída de las inhibiciones, se animaron a ir al cine, al teatro, a cenar, a invitarse a sus casas. Juntos se volvían locuaces.
Él era eléctrico. Caminaba a un ritmo inalcanzable. Economizaba el agua a niveles irrisorios, tanto que cuando se enjabonaba la cabeza, cerraba el grifo y volvía a abrirlo para enjuagarse. Su semblante permanecía serio casi todo el tiempo, pero tenía un humor punzante. Trabajaba por supervivencia y leía, siempre, infatigablemente leía. Consumía libros como si de eso dependiera su existencia.
Ella era ciclotímica y cambiante. Reía y lloraba con la misma intensidad. Escuchaba música hasta dormida y cuidaba la línea con un sistema tramposo: si un día comía mucho, al otro nada. El trabajo le ordenaba la vida y le servía para descargar tensiones.
Una vez forjada la amistad, Horacio comenzó a recomendar a Andrea lecturas que seleccionaba de aquello que más había disfrutado. A veces le prestaba ejemplares de su biblioteca personal, otras se los compraba y regalaba. Ella aceptaba las sugerencias y leía como una alumna obediente.
Durante mucho tiempo ninguno de los dos se cuestionó nada más allá de aquella relación amistosa. Hasta que Horacio se esfumó. Sin previo aviso, sin un telegrama de renuncia, sin una señal o advertencia. El miércoles 12 de mayo, ella se preocupó por su ausencia y sintió, por primera vez, la necesidad de tenerlo, de saber de él. Empezó a preguntarse qué podría haberle sucedido. Las respuestas la encauzaron hacia los libros que Horacio le había regalado: Nuestra Señora de la Soledad, El libro de las ilusiones, La invención de Morel, Martín Eidan, Leviatán. Todo el jueves estuvo repasando aquellos títulos que desfilaban en su mente como fantasmas agoreros. Hacia la madrugada del viernes, Andrea descubrió el hilo invisible entre los libros: todos narraban desapariciones. Entonces sintió un alivio claro: Horacio había comenzado a escribir su propia novela.

Giselle Aronson -Argentina-
Publicado en la revista Ficciones Argentinas

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