martes, 19 de febrero de 2013
EL MAR, EL HOMBRE Y LA LUNA.
A Samuel le gustaba sentarse frente al mar y contemplar el reflejo de la luna
bailando sobre el agua. Había soñado durante tantos años con la playa, que estaba
seguro de poder subsistir únicamente a base de brisa marina. Y así había sido
durante los primeros meses cuando, después de atravesar el estrecho oculto entre
los cuerpos de otros cuarenta compatriotas, alcanzaron la orilla para perderse entre
las sombras de la noche.
La promesa de una vida mejor le había prendido fuego en el alma, por eso se
sentía capaz de conquistar el mundo armado únicamente de ilusión y ganas de
trabajar. Aun era joven y fuerte, y sabía hacer muchas cosas. A cambio sólo pedía
la oportunidad de ganar un poco de dinero para enviar a Mali y poder alimentar a
sus hermanos.
Aunque trabajaba de sol a sol, cada noche se escapaba un ratito para disfrutar
de la vista del agua echándose un pulso con la arena. ¡Qué diferente era aquello de
su tierra! Allí no pasaban hambre, disponían de medicinas para curar sus
enfermedades y había auténticos ancianos, porque la esperanza de vida duplicaba
como mínimo los treinta y cinco años de su país.
Una tarde de mar embravecido, mientras vendía bolsos y collares junto a sus
camaradas africanos en el paseo marítimo, alguien dio la voz de alarma y todos
echaron a correr en todas direcciones. Hacía varias semanas que la policía andaba
tras ellos, y algunos amigos ya habían sido tristemente repatriados.
Samuel atravesó la playa como alma que lleva el diablo. Oyó cómo el agente
le ordenaba que se detuviera, pero los pies no le respondían; una fuerza superior a
su voluntad lo atraía hacia las entrañas del mar. Avanzó hasta perderse de vista
envuelto en la cresta de una ola.
Desde entonces, cuentan que cuando la noche está despejada, desde la orilla
es fácil adivinar allá en el cielo la silueta de Samuel, enredada con la luna en una
rítmica danza que dura hasta el alba.
María Rosario Naranjo Fernández (Sevilla)
Publicado en la Revista Aldaba 13
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