lunes, 20 de agosto de 2012
ANIMALES!!!
¿Kafka? ¿La metamorfosis? Bah!
Me acabo de levantar de siesta,
todos los días a las cuatro de la tarde me tiro en el sofá y duermo durante veinte minutos seguidos.
Hoy han sido cuarenta minutos,
por eso,
tal vez,
o por el potaje de garbanzos que comí con todo el ansia del mundo y con sudores de estío,
me he levantado raro de la siesta.
En mi cabeza veía la habitación en colores chillones,
el sofá olía a liendre en celo.
Mi boca, llena de colmillos mellados,
emitía once sonidos diferentes,
empezó a salivar ante el olor de carne poco hecha de Manatí que procedía de la cocina.
Qué ideas, sabores y olores tan diferentes me llenaban los nervios y recovecos de la cabeza.
Mi lengua era como la de un okapi en la boca de un okupa.
Me puse a toser como un asno salvaje,
he toqueteado la cara con mis manos de puercoespín pensando que podía ser un síndrome por descubrir,
y lo que he comprobado es que tengo ocho ojos a cada lado de la cara.
Tengo el mismo color de cara que un tucán hembra,
y el cuerpo recubierto de grasa de foca.
Menos mal que me adapto a todo,
como un camaleón en la pantalla de un ordenador.
Me levanté a orinar y me salía tinta de calamar por la uretra,
a mí,
a mí, que he sido tan líder como un lémur con pestañas postizas.
Me doy cuenta de que aunque ayer fui a la manicura, tengo las uñas como el zancajo de un perezoso.
Vuelvo a mirarme en el espejo del armario de la habitación y no se qué soy pero tengo zuecos transparentes como una medusa de tres metros de ancho.
De mi cuello de jirafa cuelgan dos piernas de ternera recién parida.
Ahora que toco mi grumoso cuello,
al tacto esto parecen crines de cebra.
Tengo boca de escuerzo y mis besos saben a agallas de pez.
Me encuentro raro aquí tirado en el sofá,
de pronto me ha dado por un concierto de eructos con las orejas,
parezco un león marino besándole el culo a un cormorán.
Como puedo, trepo como un topo por un talud de amianto agarrándome a la mesa del salón,
y cojo el mando a distancia de la tele.
Con las zarpas peludas que son mis dedos,
retoco los rizos de mi amorfo cuenco cerebral, parecen un rebaño de bisontes en celo.
Noto una pequeña erección, cuánto tiempo, me digo, será la erótica luz catódica del televisor parpadeante.
Compruebo que mi pene tiene púas como los de los gatos.
Excusas, excusas…
de ahí las cicatrices de las palmas de mis manos.
Me sentí, allí sentado sin saber qué hacer, huérfano como un chimpancé recién adoptado.
Decidí apagar la tele y hacerme cargo de mí y de mi nuevo estilo de vida.
Me arrellané en mi nido de plumas, palos y barro y puse a mirarme en el espejo.
Ahora parecía un pingüino arrullador cantándole una nana a un bebé foca.
Esto parece una estepa desierta, helada y cuneiforme.
Qué vida esta, menos mal que yo me adapto enseguida a todo, hasta a este olor a cuerno quemado que sale de mis coanas.
Esto sí que es una metamorfosis,
lo demás son zarandajas.
GUILLERMO JIMÉNEZ FERNÁNDEZ -Mérida-
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