Hay muy pocos monstruos que garanticen los miedos que les tenemos
André Gide
La bala de plata atraviesa mi pecho como el hierro al rojo hiende un bloque de hielo. Un mazazo de consciencia sepulta a la bestia y rescata al hombre enclaustrado en este cuerpo imposible. Ella aún sostiene el revólver que le obsequié por temor a que pudiera llegar este momento. El pavor en su rostro no aminora la belleza de mi prometida. Lady Whiteley jamás sospechó de la horrible tragedia que sobre mí se abatió durante aquellas jornadas de cacería en las penumbrosas entrañas vírgenes del bosque de Westwoodshire. Moribundo, presa de los horribles dolores de la regresión a la humanidad, intento acariciar su rostro por última vez. Me tambaleo hacia ella, quien camina hacia atrás hasta topar con un ciprés. Desde una envergadura menguante, alargo mi brazo pero en su final aún aparecen las garras. Ella grita, intenta zafarse y en el forcejeo rasgo su blusón y su piel. Su sangre traza senderos carmesíes en su brazo. ¿Qué he hecho? El dolor me postra ante ella. El vello se retira de mi piel. Mis fauces retroceden y mi aullido se convierte en último estertor. ¿Por qué tuvo que salir al bosque en plena madrugada? ¿Por qué hubo de sospechar de mi ausencia nocturna una vez al mes? Suelta el revólver y bajo la luz nacarada de la luna llena, su rostro se demacra cuando por fin reconoce a su amado agonizando ante ella. Mi garganta ensangrentada logra emitir mi última palabra: ¡Miranda! Se arrodilla y me abraza. Escucho mi nombre en sus sollozos. Nuestras sangres se mezclan. Su herida es lo último que ven mis ojos antes de echar el telón postrero. Muero con la terrible certeza de haberla convertido en heredera de mi maldición.
Carlos Díez (España)
Publicado en la revista digital Minatura 117
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