Era vieja muy muy vieja,
con arrugas y jóvenes ojos.
Caminaba muy despacio,
sus pies se arrastraban,
más que andar se deslizaban,
por las viejas escalinatas
de grisácea piedra raída,
invadida por el musgo ,
infiltrado en sus oquedades,
dispuesto como una alfombra,
en aquel cementerio nuevo.
Allí tenía a su amado esposo,
desde hacía, muchos años.
Todos los domingos, la rutina,
llevarle algunas flores frescas,
recoger las viejas y marchitas.
Pero antes las miraba...
con una dulzura especial...
puesto que habían adornado,
su eterno amor real...
de mujer enamorada y fiel;
durante una larga semana.
Su única preocupación era:
No poder llegar al domingo,
de la siguiente semana,
ni poder testimoniar su amor,
más allá de la muerte.
Limpiando una fría lápida,
cambiando marchitas flores.
Y dedicándole unas palabras,
que nadie más que ella oía,
como un susurro de viento
al que fue su amor eterno.
!Y lo seguirá,siempre siendo!
MARÍA LUISA HERAS VÁZQUEZ -Barcelona-
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