Miro los ojos de los versos en cada páramo, en cada olor,
gesto, ropa, zapato, “descosío”.
El verso de lo ajeno y de lo propio. En el sol, la guerra, el
bostezo entre sabanas.
Cola cao saboreado entre los gritos casi suaves del
escozor de levantarse en la mañana.
Lloran las calles y se condensa la raíz, los espejos, el
corazón. La calles es un amasijo de roles, de letras, de
puntos en la garganta donde la vida no es solo tragedia,
es también poema, a veces inevitable, inacabado, o
incluso libre, en los rayos espolvoreados del alba, o de la
madrugada.
En un sinfín de claros, de medias tintas, o bien, de
partituras, de hojas, libros, farolas, coches, olor a carne,
olor a rutina, olor al tiempo, a lo corpóreo, vitalicio. La
soledad del dormitorio. El tic tac irrompible de las voces.
El desnudo del amante, del niño. La pesadilla, el goteo
del grifo. En la mesita de noche el libro o la novela que
deja el suspense para el día siguiente.
Y mientras, descompongo la métrica, descompongo el
teorema, la copa de vino secuestrada en los entresijos
de los pomos.
Las puertas giratorias de los bloques, las casas
colindantes, los vecinos rallando los comentarios.
Seguramente la vida pasa. El lenguaje hace vitalicio las
expresiones. Convierte lo eterno en unos ojos blancos
como las rosas, esculpiendo el mármol por la neblina.
Y ella se sienta como las divas y contempla el escenario,
los cuerpos, la mortalidad que seca la sangre y lo traduce
en pliego imprimiendo el día después convertido en el
día siguiente, en ayer o antes de ayer, o mañana.
No hay comensales, ni figurines. Voluntariamente a la
espalda de la virtud, el empuje diario se mete en un rol
de perfecta armonía donde la palabra protagoniza el
drama o la tragedia como si el mismísimo Aquiles
tensara la cuerda del arpa, que diera paso al entreacto.
El lenguaje es una sirena, las formas una danza con la
evidencia de la vida que se escapa mientras declamamos
como los paladines.
Del libro EGO AMARE de
ISABEL REZMO -Úbeda-
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