lunes, 28 de marzo de 2016

AVE


—Han acabado con diversas especies animales en todo el mundo —dijo el doctor—, y al final lo han conseguido, aquellos estúpidos extinguieron a todas las aves de la Tierra. ¿Piensas que es imposible? Se ha hecho, solo tomado unas pocas décadas. Desde hace siglos el hombre ha hecho un gran daño a la naturaleza; primero exterminó a infinidad de bellos seres: el avestruz arábigo, la paloma migratoria, la abubilla gigante, el pato del Labrador; después: el cálao de cuello rufo, el quetzal, la tórtola europea, elcolibrí de Ana…
El doctor se plantó frente a mí, quería mencionar más nombres, pero no pudo continuar. Lo conocía muy bien y lo apreciaba, había sido mi profesor en la universidad. Nadie en el mundo amaba tantos a los pájaros como él, aunque llorar sobre la tragedia no ayudaría, lo sujeté de los hombros y le dije que debíamos irnos de su laboratorio, que corríamos peligro.
—Pero esos malditos no saben qué les espera, cuando yo era un estudiante, como tú, ya avizoraba un desastre, las mataban, por cacería, para comérselas, por el puro odio de verlas surcar el cielo. La nueva generación humana está podrida, no pudieron exterminar a todos los peces, porque desconocen el modo de descender a los abismos marinos, empero, muy pronto seguirán con los mamíferos, reptiles, anfibios, insectos, aunque a estos quizá no los extingan, mas harán todo lo posible, qué ignorantes, no hay animal más útil que el insecto.
Golpearon las puertas, llegaron por los techos, pronto se infiltrarían, decidí esconderme.
—He creado algo maravilloso, Jorge, un animal que nunca será destruido por el hombre, el ave más espectacular, ha ido a incubar el primero de sus muchos huevos, llegará pronto.
Entendí a qué se refería. Me introduje en un armario y vi cómo los cazadores militares le disparaban al doctor. Luego hurgaron por toda la casa, en breve darían conmigo. Temblé de miedo; de súbito
escuché los gritos de los atacantes, vi que eran destrozados y quemados por algo. Salí y pude verlo, sabía que no me haría daño, el doctor me habló una vez sobre ello y no le hice caso: un prodigioso experimento, el ave definitiva. Era grande y naranja; graznó con energía y se fue volando por una
ventana, dejando tras de sí una estela de fuego.

Carlos Enrique Saldivar Rosas (Perú)
Publicado en la revista digital Minatura 147

No hay comentarios:

Publicar un comentario